(Por:
Carlos Alberto Pregno)
Eran
aquellos años
cuando mandaban los
radicales y don Mardelo
lucía su pinta
bacana en las tardes
de Palermo o en ños
palcos del Colón.Cuando
la euforia de los
años locos
pretendía borrar
los horrores de la
Gran Guerra y la Reina
del Plata se asemejaba
por arriba al cuerno
de la abundacia, mientra
que por abajo rumiaban
su impotencia y su
bronca los desheredados
de siempre.
En esa ciudad en que
Erdosain-Arlt macullaba
su angustia detrás
de la quimera de una
revolución
prostubularia, había
de todo para todos.
Desde los tortazos
de Firpo hasta las
zafadurías
de Parravicini. Desde
el ultraísmo
de Florida a la prosa
proletaria de Boedo.
De milonguita, la
pebeta más
linda e'Chiclana,
hasta cocottes de
alto vuelo. Del destino
tuberculoso al pie
del piletón,
a las noches de Armenonville
regadas de champán
fracés, cocaína
incluída, con
el consabido final
sifilítico
de Vieytes. El violín
corneta de Julio De
Caro y el fuelle maestro
de Pedro Mafia marcabanel
derrotero del tango.
El biógrafo
ganaba en popularidad
gracias a las hazañas
de Douglas Fairbanks
y las genialidades
del entrañable
Carlitos. La aséptica
prédica de
los socialistas contrastaba
con el estruendo de
las bombas redentoras
de Severino Di Giovanni.
Había tambien
quien retrataba el
costado fulero de
la vida de la gran
ciudad. Quien recordaba
a esa runfla que alentaba
desde el barro. Guapos
y cafishos; casnallas
y extraviados sin
horizonte; putas de
ley, milongueras de
faca en la liga; el
hondo drama de los
inmigrantes ya viejos
y vencidos, llorando
el triste destino
de conventillo que
les tocó en
suerte.
Alguien que hurgó
profundo, con inmenso
cariño y comprensión,
en esa realidad lacerante.
Fatigador incansble
de su querida ciudad,
supo decir los peares
y las derrotas cotidianas.
Se llamó en
vida Raúl Carlos
Moñoz Pérez
o Carlos Muñoz
del Solar. Quedó
para siempre reconocido
y redordado como Carlos
de la Púa o
el Malevo Muñoz.
Anduvo al garate por
la vida desde las
ocedades, allá
por el barrio del
Once, donde vió
la luz cuando se apagaba
el siglo diecinueve.
De cadete en ua tienda
a desertor del servicio
militar. Con la linghiera
al hombro caminó
la vida, durmiendo
donde se cuadrara,
comiendo lo que encontraba.
Aunque en eso del
manducar no tuviese
resuello.
Vendedor callejero,
con víbora
al cuello como correspondía,
ofrecía pelapapa
o inacabables hojitas
de afeitar. Noctábulo
impenitente, escritor,
periodista, poeta.
Pantaguélico
hasta la desmesura.
Porteño hasta
la médula y
bohemio por los cuatro
costados de su frondosa
humanidad.
En el año 24'
recaló en el
mitológico
"Crítica"
de Natalio Botana.
El vespertino le vino
de perillas y el periodimo
lo atrapó definitivamente.
Su estilo se hizo
popular y comienza
a ser reconocido por
su humor, su desparpajo,
su inconformismo.
Alumbró, allá
por 1928, los versos
lunfardos de La Crencha
Engrasada, donde cuenta
con la voz misma de
la mugre, sin falsos
sentimentalismos,
sin lagrimones noveleros,
el drama de los marginados,
los eternos perdedores,
a quienes zopapeó
la vida sin darles
ventaja alguna y hasta
mezquinádoles
la posibilidad de
la revancha.
Desde el trágico
fin de la mina aquella
que se bebió
la vida entre el tango
y los placeres "
(...) y supo en diez
años toda la
crueldad,/ cuando
dió el remache
de la fulería/
la seña jodida
de la enfermedad,/
Y sin consuelo, sin
una aliviada,/ la
que de la mugre/ se
abriera tan mal/ pagó
con la chinche fatal,
angustiada,/ la deuda
sagrada con el arrabal",
pasando por el desdichado
que pagó con
creces su delito,
y no encuentra más
horizonte que el estaño
de un boliche de mala
muerte para rumiar
sus penas pintó
la epopeya de los
que alientan desde
abajo, desde el dolor
y la impotencia. Es
un fresco de trazo
realista, de tonos
grises, opacos, deslucidos.
Como las mismas vidas
a las que canta.
El malevo Muñoz,
o Carlos de la Púa,
murió a los
52 años, en
la ciudad que lo vió
nacer, el 9 de Marzo
de 1950.
Carlos
A. Pregno.